Aunque mi cuerpo sea prisionero
en una caja de madera bajo dos metros de tierra,
mi alma es libre al fin.
Soy parte del todo,
y el todo es parte de mi.
Las leyes de la física
no supondrán más una barrera insuperable.
Tocaré las estrellas sin miedo a quemarme,
veré espectáculos de nebulosas
con las que solo he soñado.
Moriré y renaceré millones de veces,
producto del éxtasis de conocer las maravillas del universo
que ni siquiera he conseguido imaginar.
Viajaré a planetas remotos,
encontraré civilizaciones más avanzadas que la humana,
civilizaciones recién creadas
y mundos donde los seres inteligentes prefieren ser nómadas
pues entienden que así están en balance con su entorno.
Observaré animales con forma de plantas
y plantas con forma de animales,
hongos del tamaño de árboles,
bosques de algas en atmósferas de vapor de agua,
ácaros gigantes nadando en ríos de lava.
Los extraterrestres dejarán de ser extraños
y los extraños serán los humanos.
Caminaré hacia donde me lleven los caminos,
de tierra o de pasto;
nadaré por aguas dulces o saladas,
plácidas o vertiginosas;
y volaré donde me lleven los vientos de la inmensidad,
huracanados o dóciles.
Nada importará,
solo el saber y el querer saber.
Entenderé situaciones
que nunca me han sido planteadas.
Tendré todo el tiempo,
puesto que el alma muere y renace,
cual ave Fénix.
Y al sentirme satisfecho con tanto alimento de sabiduría,
veré más maravillas
en el lugar donde llegan las almas bien nutridas:
El Paraiso.
Y allí conoceré al Creador,
que me asignará una nueva tarea,
como ángel de la guarda,
de nuevo como humano
o como ayudante en su Reino,
Él lo decidirá
y yo seré feliz con su decisión.
Xavi


